Hay algo que las facultades no enseñan porque no saben cómo meterlo en un plan de estudios.
No es inteligencia. No es creatividad. No es resiliencia ni ninguna otra palabra que aparece en los LinkedIn de gente que no ha hecho nada interesante en su vida.
Es atención.
La capacidad de que alguien, en medio del ruido más brutal de la historia, pare y piense: esto merece un segundo más de mi tiempo.
Eso vale una fortuna y no se aprende en ningún aula.
Y yo con una ingeniería, másteres… El papel caro, el marco bonito, la foto con toga que le hizo ilusión a mi madre. Todo eso existe en un cajón de mi casa y en ningún otro sitio del universo.
Mientras tanto, una cuenta de Twitter sin estudios universitarios mueve más dinero, más ideas y más carreras profesionales que el departamento de RRHH de muchas empresas del Ibex.
La marca personal es la mejor infraestructura hoy en día.
La atención es el recurso sobre el que se construye todo lo demás en una economía donde el acceso a la información ya no vale nada porque la tiene todo el mundo.
El título certifica que aguantaste, que hiciste los exámenes, que no te fuiste antes de tiempo.
La atención demuestra que tienes algo que decir y que alguien quiere escucharlo. Y esto vale mucho más.
