Llevo meses viendo el mismo error en profesores que se creen modernos. Prohíben la IA, la vigilan, la convierten en el enemigo de la clase. Y mientras tanto se les escapa la pregunta de verdad, que no es si el alumno usa la máquina, sino para qué la usa.
Porque hay dos alumnos distintos delante de un chat. Uno le pide la respuesta y la copia, y ese alumno lleva veinte años existiendo, antes lo hacía con el compañero de al lado o con el libro de soluciones. El otro le pide que le señale dónde falla su razonamiento, y ese alumno está haciendo algo que casi ningún adulto sabe hacer bien, que es mirar su propio pensamiento desde fuera.

La IA no debería ser un tutor que resuelve. Debería ser un espejo que devuelve preguntas. No dame la solución, dime en qué paso me he despistado. No me expliques el tema, dime si mi explicación tiene sentido.
Ahí está la diferencia entre delegar y pensar mejor. Y esa diferencia no la decide la tecnología, la decidimos nosotros al diseñar la pregunta que le hacemos a la máquina.
¿Tus alumnos le piden respuestas o le piden espejo?
