Sugata Mitra lo dijo con esa calma que tienen los que ya no necesitan gritar para que les escuchen. La escuela sigue preparando a los chavales para un mundo que dejó de existir hace diez años. Y lo peor es que casi nadie se ha dado cuenta.

Seguimos midiendo la memoria como si Google no existiera. Seguimos premiando la obediencia como si las fábricas fueran el destino de nuestros alumnos. Seguimos organizando el conocimiento en compartimentos estancos cuando la realidad, la de verdad, la que les espera fuera, funciona exactamente al revés, mezclada, interconectada, imprevisible.

Mientras tanto ellos llevan en el bolsillo más información de la que Aristóteles pudo soñar jamás y nosotros les pedimos que la apaguen para hacer un examen sobre los ríos de Europa.

No hace falta odiar la escuela para ver esto. Basta con mirarla con los ojos limpios, sin la nostalgia de quien aprobó así y salió adelante.

La pregunta que de verdad importa no es si esto va a cambiar. Va a cambiar sí o sí, lo queramos o no. La pregunta es si vamos a decidir nosotros cómo, o si el cambio nos va a pasar por encima mientras seguimos rellenando fichas.

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