Imagina llegar cada día a un sitio que no fue diseñado para ti.
Tienes que traducir cada instrucción, camuflar cada tic, contener cada estímulo que te sobrepasa. Y encima, rendir.
Eso es la escuela para muchísimos niños neurodivergentes. Cada día.
Gastan el 80% de su energía en sobrevivir al sistema, y solo les queda un 20% para aprender, jugar, hacer amigos, ser ellos mismos.
Llevo años en las aulas y te puedo confirmar que el problema casi nunca es el niño.
Ahora gira la pregunta. ¿Y si desde el primer día le dieras lo que necesita? Tiempo extra, un rincón de calma, instrucciones claras, libertad para moverse y gente que les entienda.
Y esto vale para el cole, el equipo de fútbol, el campamento, la extraescolar, el barrio. Para cualquier sitio donde un niño intenta encajar en un molde que no es el suyo.
Nuestros hijos neurodivergentes no necesitan medicamentos, necesitan que les hagamos sitio.
