Tienes una clase de treinta personas. Les explicas algo durante cuarenta minutos. Al final preguntas "¿alguna duda?" y el silencio lo responde todo.
Crees que han aprendido.
No han aprendido. Han escuchado, que es una cosa completamente distinta.
Hay un concepto en neurociencia del aprendizaje que se llama descanso activo de procesamiento, pero en sus versiones más actuales tiene un nombre más cool: churning, que en inglés hace referencia al proceso de batir, de agitar, de trabajar una sustancia hasta que se transforma. Para que el conocimiento se instale de verdad, el cerebro necesita ese trabajo, no puedes darle información y esperar que la metabolice solo mientras tú sigues hablando.
Lo que hacemos en la mayoría de las aulas es el equivalente a darle de comer a alguien a velocidad industrial y enfadarnos porque tiene digestión pesada.
El modelo "yo explico, tú absorbes" tiene un fallo de diseño porque supone que la mente del alumno funciona como una grabadora. No funciona así. Funciona más como un músculo al que hay que activar, cansar un poco y dejar que se recupere con sentido.
Si el alumno necesita procesar activamente, significa que en algún momento de la clase tienes que cerrar la boca y dejarle hacer algo con lo que acaba de escuchar. Resolverlo, discutirlo, aplicarlo, enseñárselo a alguien, equivocarse, corregirse. Algo. Lo que sea. Menos seguir escuchándote a ti.
