No te lo digo yo. Te lo dice el propio sistema: aprueba el examen, saca nota, sé obediente, no preguntes tanto.

El problema no es tanto que los profesores sean malos, que hay unos cuantos, sino que el sistema fue diseñado para otra época, para otro tipo de trabajador, para otro tipo de mundo.

Y tú lo sabes. Lo sabes cuando tu hijo de 15 años no sabe tomar una decisión sencilla solo. Lo sabes cuando te pregunta qué tiene que hacer en lugar de pensar qué podría hacer. Lo sabes cuando memoriza sin entender, cuando estudia sin aprender, cuando pasa el examen y a la semana no recuerda nada.

El sistema lleva décadas perfeccionando eso. Y lo ha conseguido.

Yo soy profesor. Llevo años dentro de ese sistema. Y lo que veo todos los días me genera una incomodidad que no me deja quieto.

Niños brillantes a los que el sistema les enseña que su tipo de inteligencia no cuenta.

Jóvenes con una capacidad enorme de pensar que aprenden a no pensar porque pensar da problemas.

Familias que intuyen que algo falla pero no saben exactamente qué ni cómo cambiarlo.

Por eso escribo esta newsletter.

No para criticar a los profesores. No para destruir el sistema. Para darte herramientas que el sistema no te da. Para que cuando tu hijo llegue a casa, haya alguien capaz de complementar lo que aprende en clase con lo que de verdad necesita para vivir.

Pensar. Decidir. Equivocarse. Aprender. Volver a intentarlo.

Eso no lo enseña ningún temario oficial, pero lo puede enseñar una familia que sepa cómo hacerlo.

Para eso estoy aquí.

Si te resuena esto, ya sabes por qué existe esta newsletter.

Sigue leyendo