Un profesor me contó algo que me dejó pensando toda la semana. Sus alumnos habían descubierto que si le pedían a ChatGPT "la respuesta final" obtenían eso, una respuesta, sin pasar por el sitio donde ocurre el aprendizaje de verdad, que es el intento fallido, la duda, el momento en que uno se queda mirando el papel sin saber por dónde tirar.

El error no es preguntar. El error es preguntar mal. Pedirle a la máquina que piense por ti es distinto a pedirle que piense contigo, y esa diferencia de una palabra separa a un alumno que en junio sabrá resolver un problema nuevo de otro que solo sabrá reconocer uno que ya vio resuelto.

Lo curioso es que la solución no tiene nada de tecnológica. Basta con cambiar la pregunta. En lugar de "resuélveme esto" probar con "hazme las preguntas que me ayudarían a resolverlo yo". El resultado tarda más y frustra más, que es justo la señal de que algo se está construyendo dentro de la cabeza y no fuera de ella.

La inteligencia artificial no reduce el aprendizaje. Lo hace quien decide para qué la usa.

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