Un adolescente de hoy procesa en una hora más estímulos de los que sus abuelos procesaban en una semana entera de instituto. Y aun así seguimos repitiendo que esta generación es la más frágil, la más distraída, la más perdida de la historia.
No es verdad. O al menos no es toda la verdad.

Lo que pasa es que muchos adultos siguen midiendo la adolescencia con una regla que se fabricó en los años ochenta. Esperan concentración de biblioteca en un cerebro que vive conectado a quince conversaciones a la vez. Esperan paciencia de carta escrita a mano en un mundo donde la respuesta tarda tres segundos en llegar. Esperan que un chaval encuentre sentido a normas que ni siquiera el adulto que las impone sabría explicar sin dudar.
Los adolescentes están adaptados a un ecosistema que cambió de reglas sin avisar a nadie, y que además cambia cada seis meses.
El problema no es su generación. El problema es que seguimos enseñando geografía de un mapa que ya no existe.
Antes de juzgar cómo navegan su mundo, quizá deberíamos preguntarnos si de verdad lo conocemos.
