Einstein suspendió el examen de acceso a la universidad. Darwin fue un estudiante mediocre al que su padre llamó "vergüenza de la familia". Agatha Christie tardó cuatro años en aprender a leer correctamente.

Tres personas que cambiaron el mundo. Tres fracasados escolares.

Y mientras tanto, el empollón de tu clase, ese que memorizaba los ríos de España por orden de caudal, está haciendo exactamente lo que le dijeron que hiciera: nada disruptivo.

El sistema educativo evalúa obediencia.

Mide tu capacidad para sentarte quieto durante seis horas, para reproducir información que alguien consideró importante hace cuarenta años. Para no hacer preguntas incómodas y para entregar lo que se espera en el formato exacto en que se espera.

La inteligencia real es incómoda porque hace preguntas que no vienen en el temario. Conecta ideas de sitios distintos, se aburre en clase porque ya va tres pasos por delante o contradice al profesor porque ha leído más que él.

Ninguna de esas cosas sube la nota. De hecho, algunas la bajan.

Llevamos décadas confundiendo nota con capacidad, expediente con talento y título con inteligencia.

Y así nos va.

Seguimos produciendo graduados perfectamente formateados para un mundo que ya no existe, mientras los que piensan diferente aprenden a sobrevivir a pesar del sistema, no gracias a él.

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